Volvió con millones de dólares gracias a la chica que le dio de comer a través de una valla.

Parte 1:
Isaiah Mitchell se despertaba cada mañana antes del amanecer, no por disciplina, sino porque dormir ya no le hacía bien.

Su tejado daba al lago Michigan, y en las mañanas despejadas el agua captaba la luz tan perfectamente que parecía menos un lago y más pan de oro martillado.

A otras personas les encantaba la vista.

Los invitados lo mencionaban, los inversores lo admiraban y las mujeres con las que había salido le fotografiaban.

Isaiah rara vez le miraba más de un segundo.

A las seis ya estaba vestido, ya se estaba moviendo, ya respondía correos de una asistente que conocía su horario mejor que él mismo.

La máquina de espresso de la cocina costaba siete mil dólares y hacía un café mejor que cualquier cafetería de la ciudad.

Pulsó el botón, oyó un leve zumbido mecánico y se alejó antes de terminar de servir su café.

Así era como manejaba la mayoría de las cosas que se suponía debían complacerle.

Él empezó.

Los adquirió.

Los dejaron intactos.