—Ni te imaginas.
Pasaron los años y me fui de casa. Mi madre y yo discutíamos menos porque dejé de hacer preguntas.
Pero Víctor se quedó.
A veces lo veía arreglando los escalones inestables del porche o dejando leña después de las tormentas.
Un día, en el instituto, cuando mis botas estaban hechas jirones, apareció un par de segunda mano junto a mi mochila.
—¿De dónde salieron? —pregunté.
—Una donación para la iglesia —dijo mamá demasiado rápido.
Pero Víctor se quedó.
Miré por la ventana de la cocina.
Víctor estaba quitando la nieve de las escaleras.
Simplemente no lo había entendido.
Entonces llegó el cáncer y debilitó a mi madre.
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